AUGUSTO BOAL:  FLEXIBILIDAD E INTEGRACIÓN.

Tomás Motos
Instituto de Creatividad e Innovaciones Educativas, Universidad de Valencia

Augusto Boal falleció el pasado 2 de mayo a los 78 años, a causa de una insuficiencia respiratoria y tras una larga lucha contra la leucemia, en Río de Janeiro, ciudad donde vivía.  Había nacido – el 17 de marzo de 1931- en la misma ciudad.
El sembrador incansable, que había viajado por los cinco continentes esparciendo la semilla del Teatro del Oprimido –desde Burkina Faso hasta Finlandia, desde Puerto Rico a la India-, emprendió su último viaje para reunirse con sus padres como él llamaba a Paulo Freire -cuya Pedagogía del Oprimido  inspiró su teoría y su praxis-,  a John Gassner -de quien aprendió dramaturgia en Nueva York-,  a Nelson Rodrigues -periodista, escritor y dramaturgo que le tendió la mano y lo introdujo en el teatro brasileño-.

Durante más de treinta años ha sido  la voz teórica más potente, más comprometida  y de más largo alcance del teatro latinoamericano. Su nombre  nos queda junto a Antonin Artaud, Bertolt Brecht, Jerzy Grotowski, Tadeusz Kantor  -ya fallecidos- o Peter Brook y Eugenio Barba, -felizmente aún entre nosotros-  como  uno de los pensadores teatrales fundacionales de la segunda mitad del siglo XX y cuya visión y propuestas teórico-prácticas siguen plenamente vigentes en estos momentos.

Se doctoró en ingeniería química. Estudió dramaturgia en la Universidad de Columbia Nueva York,  donde asistía a las representaciones del Actor´s Studio.  A partir de 1956, tras su regreso de Estados Unidos, Boal,  dedicó su empeño como director del Teatro de Arena  a concretar una propuesta de un teatro popular brasileño dirigida a debatir con una estética política de izquierdas la realidad del país. El 2 febrero de 1971 Boal es detenido, encarcelado y torturado por las autoridades de la dictadura militar. Diferentes intelectuales de la época, entre ellos, Arthur Miller, Peter Brook,  Jean Paul Sarte movilizan a intelectuales y artistas  de todo el mundo que presionan  al gobierno brasileño golpista, consiguiendo que fuese juzgado y liberado.  Sale de Brasil hacia el exilio con su mujer y se instala en Buenos Aires.

Desarrolló la teoría, la estética y la técnica del Teatro del Oprimido  durante su exilio político entre los años 1971 y 1986 en Argentina y Perú principalmente, “para otorgar la palabra a las clases oprimidas y a todos aquellos quienes son oprimidos en el interior de éstas”. Su estancia en Argentina fue altamente prolífica: en tres años  escribe nueve libros y tiene un hijo.  El año 1976 marcha a Portugal, allí publica el libro autobiográfico Milagro en Brasil donde relata los días vividos en la cárcel y las torturas sufridas. Su estancia  más larga fue en Francia, donde enseñó en la Sorbona y fundó el Centre de Théâtre de l‘Opprimé de París. Durante este periodo hizo algunas incursiones a África. Su trabajo empieza a recibir reconocimiento internacional. A mediados de 1986 Boal vuelve definitivamente a Brasil tras 15 años de exilio e instala su residencia en Río de Janeiro.

Novelista  (Milagro en Brasil, Jane Spitfire, espía y mujer sensual, Hamlet y el hijo del panadero); autor de cuentos (Crónicas de nuestra América). Director teatral (La Mandrágora de Maquiavelo, Tartufo de Moliere, El Público de García Lorca, Fedra de Racine, sólo por citar algunas) y también de teatro  musical (Arena canta Bahía, Carmen, en versión  de samba ópera). Autor de obras de teatro  (Helena y el suicida, La revolución de América del Sur, José, del parto a la sepultura, Arena cuenta Zumbi, Arena cuenta Tiradentes, La luna pequeña y la caminata peligrosa,  El gran acuerdo internacional del tipo Patilludo, Torquemada,  El corsario del rey, etc.) y de innumerables obras cortas para Teatro Foro.  Pero sobre todo es conocido por el impacto que produjeron sus libros  Teatro del oprimido, Técnicas latinoamericanas de teatro popular. Stop! C´est magique,  Juego para actores y no actores,  El teatro como arte marcial, etc.
Doctor “honoris causa” por 20 universidades.  Nominado al Premio Nóbel de la Paz en el 2008.  En marzo de 2009 recibió el reconocimiento de Embajador Mundial del Teatro, por  la Unesco.

La principal creación de Augusto Boal ha sido el Teatro del Oprimido. Nace del encuentro entre el teatro popular y la pedagogía del oprimido de Paulo Freire. Hoy  una realidad mundial, una metodología conocida y practicada en los cinco continentes. En una de sus últimas entrevista declaraba : “Tengo 78 años. Es demasiado tiempo. Parece que fue el otro día cuando nací y no me ha dado tiempo para hacer ni la mitad de lo que quería. Pero a pesar de todas las dificultades, el Teatro del Oprimido me realizó. Ciudadano no es aquel que vive en sociedad, ciudadano es aquel que la transforma. Y creo que el Teatro del Oprimido ha dejado alguna cosa para el mundo”.

El Teatro del Oprimido es una formulación teórica y un método estético,  basado en diferentes formas de arte y no solamente en el teatro. Reúne un conjunto de ejercicios, juegos y técnicas teatrales que pretenden la desmecanización física e intelectual  de sus practicantes y la democratización del teatro.  Tiene por objetivo utilizar el teatro y las técnicas dramáticas como un instrumento eficaz para la comprensión y la búsqueda de alternativas a problemas sociales e interpersonales. Desde sus implicaciones pedagógicas, sociales, culturales, políticas y terapéuticas se propone transformar al espectador -ser pasivo- en espect-actor, protagonista de la acción dramática -sujeto creador-, estimulándolo a reflexionar sobre su pasado, modificar la realidad en el presente y crear su futuro.  El espectador ve, asiste; el espect-actor  ve y actúa, o mejor dicho, ve para actuar en la escena y en la vida (Boal, 1980).
Las obras teatrales son construidas en equipo, a partir de hechos reales y de problemas típicos de una comunidad, tales como la discriminación, los prejuicios,  la violencia, la intolerancia. El Teatro del Oprimido es, ante todo, un espacio de acción que se vale de las técnicas de representación con el propósito de analizar y proponer soluciones de cambio ante la opresión que bajo distintas formas sufren los individuos y las comunidades.  “La meta del Teatro del Oprimido no es llegar al equilibrio tranquilizador, sino al desequilibrio que conduce  a la acción. Su objetivo es dinamizar. Esto se consigue a través de la acción concreta, en escena: ¡el acto de transformar es transformador! Transformando la escena me transformo” (Boal, 2004: 95).

El Teatro del Oprimido  es un sistema flexible. A lo largo de sus cuarenta años de vida no ha permanecido monolítico y estático, sino que en su práctica ha ido evolucionando hacia nuevos estadios, añadiendo nuevos objetivos y nuevas técnicas para afrontar los retos concretos que en cada situación se le iban  presentando.  Por eso actualmente es un sistema estético y práctico que  representa  “la integración de teatro, terapia, activismo y educación” (Schutzman y Cohen-Cruz, 2002: 15).  Desde su primera sistematización en 1970 con el Teatro Periodístico, un teatro de urgencia,  ha ido desarrollando nuevas técnicas que han dado lugar a otras modalidades tatrales: Teatro Invisible, activismo político; Teatro de la Imagen, teatro centrado en el lenguaje del cuerpo; Teatro Foro, forma básica para la liberación de la opresión; el Arco Iris del Dese, teatro terapéutico; Teatro Legislativo, el deseo convertido el ley, instrumento de democracia transitiva. Y, finalmente Estética del Oprimido, intrumento para la ampliación de la vida intelectual y estética de los practicantes del Teatro del Oprimido.

Hoy día es practicado  en más de 70 países por campesinos, trabajadores, maestros, estudiantes, artistas, trabajadores sociales y psicoterapeutas. Ha servido para programas de alfabetización, para la reinserción de los internos de las centros penitenciarios, para el debate de problemas sociales (violencia de género, exclusión social de discapacitados físicas y mentales, de toxicómanos, de minorías, etc.), para la reflexión y propuesta de solución de problemas escolares (relaciones entre profesorado y alumnado, relaciones del alumnado entre sí, violencia escolar),  la interpretación y modificación  de las  relaciones familiares,  para discutir en la calle los problemas o las leyes que afectan al ciudadano común.

En una de sus últimas intervenciones públicas, en el pasado mes de marzo, con ocasión de la ceremonia en que fue nombrado embajador mundial del Teatro por la Unesco, Boal dejó dicho “viendo el mundo más allá de las apariencias, vemos  opresores y oprimidos en todas las sociedades, etnias, géneros, clases y castas, vemos el mundo injusto y cruel. Tenemos la obligación de inventar otro mundo porque sabemos que otro mundo es posible. Pero nos incumbe a nosotros el construirlo con nuestras manos entrando en escena, en el escenario y en nuestra vid” ( Mensaje Internacional del Día mundial del Teatro, 27 de mayo de 2009).

Este es el legado fundamental que nos ha dejado Augusto Boal. Su cuerpo se fue, pero no su presencia ¡Qué pena de mes de mayo que en vez de llenar el mundo de vida renovada se ha dedicado a apagar algunas de las grandes luces que han iluminado a los hombres y mujeres de nuestra época! Como Augusto Boal, Mario Benedetti, Carlos Castilla del Pino y ¿por qué no incluir también a Antonio Vega? Augusto Boal se ha marchado, pero en su luz se ha multiplicado  en millones de lucecitas prendidas en el corazón de  los hombres y de las mujeres  que han encontrado en su obra la energía para iluminar sus vidas, para hacerse visibles, para recuperar  la voz, que había sido silenciada por los opresores por los negadores del diálogo y para convertirse en protagonistas de su propio destino.


Last modified: Sunday, 11 September 2011, 7:04 AM